A lo largo de su desarrollo el niño enfrenta una serie de desafíos físicos, mentales y emocionales. Es bien sabido que, por ejemplo, desde el punto de vista físico existen marcadores que permiten saber cómo va evolucionando un niño; aprender a gatear, a hablar y a caminar, son buenos ejemplos de esto.

Pues bien. Desde el punto de vista emocional, también existen marcadores del desarrollo; tal es el caso de la autonomía, tema del que nos ocuparemos ahora.

Los niños no nacen autónomos. Van alcanzando la autonomía gradualmente durante el curso de su desarrollo. Este proceso cobra gran importancia alrededor de los 2 años de edad; sí, de “los terribles dos.”

Cuando el niño se da cuenta que es una persona independiente, con sus propios deseos y capacidades, quiere hacer las cosas por sí mismo, sin ayuda – y sin limitaciones – de otras personas. Su palabra favorita es “no” – una declaración de independencia y una búsqueda de una mayor autonomía: “yo puedo solo.”

Este deseo de autonomía se ve reforzado por el desarrollo físico del niño – su capacidad de caminar, correr, trepar y saltar – y por su desarrollo mental – una enorme curiosidad que lo impulsa a explorar su entorno.

La labor de los padres en esta etapa no es nada sencilla

Durante todo este proceso, los pequeños pueden ponerse en situaciones peligrosas; una cosa es “poder” correr y otra muy diferente es “saber” correr… por lo que los padres están en un estado de alerta continua y una búsqueda del equilibrio entre dos situaciones opuestas: por un lado, permitir que el niño explore y se vuelva cada vez más independiente, más autónomo; y, por el otro, establecer reglas y limitar las posibilidades de que se haga daño.

Pero desarrollar un sentido de autonomía no quiere decir que un niño haga todo lo que le pega la gana y sea el que manda en casa. Significa poder explorar libremente dentro de los límites de seguridad establecidos por sus padres y, poco a poco, empezar a hacer las cosas por sí mismo.

Si los esfuerzos de un niño por hacer las cosas por su cuenta se ven frustrados sistemáticamente por padres sobreprotectores, inseguros, excesivamente estresados, no tendrá muchas oportunidades para desarrollar su autonomía.

Pero desarrollar un sentido de autonomía no quiere decir que un niño haga todo lo que le pega la gana y sea el que manda en casa. Significa poder explorar libremente dentro de los límites de seguridad establecidos por sus padres y, poco a poco, empezar a hacer las cosas por sí mismo.

Si los esfuerzos de un niño por hacer las cosas por su cuenta se ven frustrados sistemáticamente por padres sobreprotectores, inseguros, excesivamente estresados, no tendrá muchas oportunidades para desarrollar su autonomía.

Si, por el otro lado, el niño es criticado en forma severa por sus intentos (si, por ejemplo, se ensucia, tira algo, derrama líquidos o rompe las cosas) puede desarrollar dudas acerca de sus propias capacidades para hacer frente a nuevos retos.

Muchos padres creen que los niños pequeños los están desafiando, que se portan mal intencionalmente o, peor aún, que están tratando de “conspirar contra ellos,” llevándoles la contra. En realidad los niños simplemente están respondiendo a sus propias necesidades de desarrollo en la búsqueda de la exploración – de manera que su conducta no sólo es apropiada para la edad, sino que es deseable: es un marcador de un desarrollo adecuado.

Con información de BB Mundo