Durante mucho tiempo se ha considerado que existen dos tipos de emociones: las positivas y las negativas. Las emociones positivas, como la alegría y el amor, son socialmente aceptadas y, desde muy pequeños, enseñamos a los niños a expresarlas abierta y frecuentemente. Lo contrario sucede con las emociones negativas, como el enojo, el coraje y la tristeza, que son rechazadas por la sociedad y enseñamos a los niños a reprimirlas y “controlarlas” desde edades muy tempranas.

Una de las emociones negativas que más dolores de cabeza provocan en muchas familias es el enojo, la emoción que experimentas cuando sientes que alguien te ha ofendido, que te han hecho un mal, te han ignorado o rechazado, es decir, cuando te sientes amenazado; pero también es la emoción que experimentas cuando te sientes frustrado o cuando sufres una pérdida.

Todos experimentamos enojo en algún momento de nuestra vida; se trata de una emoción primaria y natural, que incluso puede salvarte la vida! Entonces, yo me pregunto: ¿cuál es el problema?

El problema no radica en sentir enojo, sino en dejarse dominar por él. Muchas personas, y los niños en particular, tienen dificultad para canalizar su enojo en conductas aceptables. Con frecuencia, el enojo sale en forma de agresividad, aunque se manifiesta de forma diferente de acuerdo a la edad de los niños.

Algunas condiciones lo agravan:

  • No dormir bien una noche
  • Cuando están enfermos
  • Cuando están cansados
  • Cuando tienen hambre
  • Cuando hay visitas
  • La presencia de muchos adultos que toman decisiones
  • El aprendizaje (cuando el niño aprende que enojándose consigue lo que quiere, se enojará con más frecuencia)
  • La baja tolerancia a la frustración

Por otro lado, como el enojo está considerado como una emoción negativa, enseñamos a los niños a reprimir este sentimiento o a ignorarlo. Desgraciadamente, muchas veces esto sólo empeora las cosas, pues se ha encontrado que reprimir el enojo puede causar más enojo.

Entonces, ¿cómo podemos ayudar a los niños a manejarlo?

Aunque se trata de niños pequeños, existen estrategias que podemos enseñarles para el manejo apropiado del enojo. Veamos algunas ideas que pueden ser de utilidad.

Ayuda al niño a entender cuál es la causa de su enojo. A veces el simple hecho de acercarnos en una actitud de interés, sin criticar, le ayuda a sentirse entendido.
No señales únicamente lo que el niño no debe hacer; dile lo que sí debe hacer. Por ejemplo: en lugar de decir “no le pegues a tu hermano,” podrías decir “los problemas no se resuelven pegando; trata de encontrar otra forma de resolver el problema con tu hermano.”
A veces puede parecer importante encontrar el equilibrio, es decir, la cantidad de enojo que es aceptable. Y ¿cuál es esa cantidad?, un buen indicador es poder reconocer que “estoy enojado”, lo que es muy diferente a sentir que “soy mi enojo” o que “el enojo se apodera de mí”. Poder reconocer esta diferencia me permite saber que “yo soy más grande que mi enojo y puedo controlarlo.”
Los adultos tenemos que reconocer que el enojo es una emoción “normal”, para poder ayudar al niño a comprenderlo. Cuando tu niño manifiesta enojo, toma tiempo para explicarle que estar enojado es aceptable, pero que debe encontrar formas adecuadas de manifestar estos sentimientos.
Por supuesto moldear la conducta es una de las herramientas más importantes de que disponen los padres. Para que puedas pedir a un niño pequeño que exprese su enojo adecuadamente, comienza por revisar si tú lo haces y, de no ser así, puedes comenzar por modificar tu propia conducta.

Con información de BB Mundo