Cuando el niño tiene entre dos y nueve años de edad, vive un momento de su evolución como persona en que la diferencia entre real e imaginario es una cuestión secundaria en su vida. Los amigos invisibles son “un Yo auxiliar o complementario que ayuda al niño a veces a reflejarse y otras a confrontarse consigo mismo”, explica Suárez, que menciona algunas de las funciones que cumple el colega imaginario de los niños:

  1. Ayuda a recrear una situación donde se controla lo que sucede, porque el niño elige los diálogos o el tono de voz con su amigo invisible y compensa así las experiencias que no puede controlar o no le gustan, como frustraciones o desavenencias con los amigos.
  2. Fomenta la tolerancia del niño a la soledad, porque al sentirse acompañado aprende a estar sin la presencia de adultos.
  3. Favorece la autonomía del niño, que pierde el miedo a hacer actividades solo, porque le conforta la presencia de su amigo imaginario.
  4. Supone un entrenamiento para el autoapoyo. Como en el caso del niño que se siente solo y encuentra esa compañía o consuelo que necesita dentro de sí mismo, gracias a ese amigo imaginario, al que le puede contar situaciones que no quiere expresar a otras personas.
  5. De esta forma, es más independiente con respecto a lo que le ofrece su entorno para sentirse feliz.
  6. Ayuda al niño a transitar el camino entre la dependencia del entorno durante sus primeros años de vida hacia su independencia y autonomía. La misma función desempeñan objetos como los peluches, las mantitas o chuparse el dedo.

Con información de El País